Discipulado

Dios está contigo en la Tormenta. Parte I

Dios está contigo en la Tormenta. Parte I

A lo largo de nuestro caminar con el Señor aprendemos que las tormentas en la vida son una certeza. Llegan momentos que nos estremecen, a tal punto que queremos tirar la toalla y darnos por vencidos. Es una pena ver personas, familias y hasta iglesias destruidas por tormentas que llegaron y no pudieron ser superadas.

Cuando analizamos el origen de las tormentas a la luz de la Palabra de Dios, podemos llegar a la conclusión de que existen, al menos, tres generadores de tormentas: el ser humano, Satanás y el Señor. Pensemos en algunos ejemplos:

El ser humano como generador de tormentas

Una de las grandes tormentas generadas por el ser humano, descrita en la Palabra, es la que llegó a la vida del rey David. Estamos hablando de una tormenta que afectó el resto de su vida. En el segundo libro de Samuel se nos cuenta lo siguiente:

Aconteció que en la primavera, en el tiempo cuando los reyes salen a la batalla, David envió a Joab y con él a sus siervos y a todo Israel, y destruyeron a los amonitas y sitiaron a Rabá. Pero, David permaneció en Jerusalén. Al atardecer, David se levantó de su lecho y se paseaba por el terrado de la casa del rey, desde allí vió a una mujer que se estaba bañando; y la mujer era de aspecto muy hermoso (2 Samuel 11:1-2).

¿Cómo David generó su propia tormenta?

  • En primer lugar, siendo rey permaneció en Jerusalén cuando debió haber estado con sus ejércitos en la guerra. Al decidir quedarse en casa se salió de la voluntad de Dios. Una primera enseñanza es que habrá tormentas cuando estamos fuera de la voluntad de Dios.
  • En segundo lugar, David miró aquella mujer con lujuria. Esto lo llevó a cometer el pecado que afectó el resto de su vida. Aunque sabemos que David llegó a un verdadero arrepentimiento, tuvo que sufrir las consecuencias de su pecado y otras personas cercanas a él también fueron afectadas. David generó su propia tormenta.

Cuando nos salimos de la voluntad de Dios y nos dejamos arrastrar por el pecado, terminamos provocando grandes tempestades.

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