Texto: Juan 12:36-43
Aquí podemos ver la actitud del pueblo judío y especialmente de sus dirigentes en cuanto al ministerio público del Señor Jesucristo, pues, ellos habían manifestado una abierta incredulidad hacia él, que en muy pocos días los llevaría a pedir a Pilato, el gobernador romano, que Jesús fuera crucificado. Esta misma característica sigue aún vigente en nuestros corazones cuando somos incrédulos frente a las evidencias que afirman la existencia de Dios y la obra redentora de Jesucristo en la tierra; peor aún, sin notar que el Espíritu Santo quiere y puede direccionar nuestras vidas.
Para que la gloria de Dios sea revelada en nuestras vidas debemos:
1. Vencer la Incredulidad (Hechos 3:19)
El pueblo elegido de Dios había visto durante cuarenta años señales maravillosas, tanto en Egipto como en el desierto, finalmente, murieron en el desierto por causa de su incredulidad.
2. Vencer la ceguera espiritual (Juan 12:39-40)
El profeta dice que había sido enviado por Dios, a fin de que con su predicación el corazón del pueblo se endureciera y viniera sobre ellos el castigo (Isaías 6:11-13). Esto sería así debido a la mala disposición del pueblo, cuanto más les hablara el profeta, mayor sería la resistencia que ofrecerían entrando en un estado de endurecimiento irreversible. En el último término, la responsabilidad de su ceguera recaería sobre ellos mismos. Algo similar pasa en la actualidad en las personas que no quieren saber nada de Dios en sus vidas.
3. Vencer el «¿qué dirán?» (Juan 12:42-43)
Podemos decir que la profecía de Isaías no abocada de manera irresistible a todos a la incredulidad. Cada persona individualmente tiene la capacidad de tomar su propia decisión frente a Cristo. En el caso de estos líderes judíos, ellos habían constatado las muchas señales que Jesús realizaba (Juan 11:47) y su respuesta fue diferente a la de los demás. La razón, la inteligencia y su conciencia les habían convencido de que Jesús era el verdadero Mesías.
La revelación de la gloria de Dios en nuestras vidas es una experiencia única cuando vencemos nuestros temores frente a Dios.







