«Así como el trabajo de los sastres es hacer ropa y el de los zapateros arreglar zapatos, el de los cristianos es orar».Martín Lutero
Estamos viviendo momentos críticos, como nunca antes, hay un ataque constante a la iglesia, es por ello, que tenemos que actuar entendiendo que la mejor forma de hacerlo es a través del ayuno y la oración. Hoy, convocamos a a toda la iglesia, a todos los grupos bíblicos y los altares familiares, a unirnos en oración y ayuno.
El Señor nos llama, como creyentes, a una vida de oración, no importa cuánto tiempo tengas de ser salvo o cuan experimentado seas en esta disciplina, la única manera de mantenernos en Cristo es a través de la oración. La fuente de nuestra vida espiritual la conseguimos, únicamente, en Jesucristo y la única forma de que el Espíritu Santo se mueva, en cada uno y en conjunto, está directamente relacionada con la búsqueda en oración y el ayuno.
Podemos usar varias formas al orar:
- Arrodillarse (Efesios 3:14)
- De pie (Lucas 10:10-13)
- Postrado (Mateo 26:39)
Ya sea que estemos de rodilla, de pie o postrados ante Dios, levantemos las manos o cerremos los ojos, lo importante no es la postura, sino el corazón.
«La forma más elevada de oración surge de lo profundo de un corazón humilde».
Dios ha ordenado su Reino de tal manera, que algunas cosas que parecen débiles al ser humano, en realidad son poderosas ante Dios. En nuestra mente natural, podríamos discutir contra tomar el tiempo para orar y ayunar, pero, Dios quiere que entendamos que esta es la manera en que Su poder es liberado con más eficiencia en nuestro corazón y ministerios.
La paradoja del ayuno, consiste en que cuando experimentamos debilidad en nuestra carne, somos fortalecidos en nuestro espíritu, cuando experimentamos el dolor de la crudeza, nuestro corazón se ablanda ante Dios y se prepara para recibir más fortaleza.
Cuando oremos y ayunemos, guarda tu corazón, que siempre esté inclinado hacia la adoración, gratitud y humildad frente a nuestro Dios, teniendo la certeza que sus ojos están abiertos y sus oídos atentos a nuestra oración (2 Crónicas 6:40).







