«Bendito sea Jehová, mi roca, quien adiestra mis manos para la batalla, y mis dedos para la guerra» Salmos 144:1-2
Esta es la oración de un hábil guerrero llamado David. Desde sus días como pastor y en el transcurso de su desempeño como rey de la nación de Israel, Dios lo facultó en el arte de la oración estratégica y la guerra espiritual. Su habilidad y su experiencia fueron obtenidas mientras Dios, en su soberanía, lo ubicó en medio de una variedad de batallas, que incluían encuentros con osos y leones, el enfrentamiento con el gigante Goliat y la batalla que libró con su hijo Absalón, cuya insurrección desafiante casi le cuesta el reinado.
En este salmo, David nos hace saber que fue Jehová-Gibor, quien le enseñó estrategias y tácticas guerreras, proveyó el poder divino para el éxito. Él eleva su voz en alabanza para honrar a su Dios. Él declara: «Bendito sea Jehová, mi roca, quien adiestra mis manos para la batalla, y mis dedos para la guerra; misericordia mía y mi castillo, fortaleza mía y mi libertador, escudo mío, en quien he confiado; el que sujeta a mi pueblo debajo de mí» (Salmos 144:1-2).
De las experiencias de David aprendemos que, la única forma en que podemos convertirnos en hábiles guerreros, es siendo entrenados y ubicados en medio de una batalla. Cuando usted está situado en el horno de las aflicciones, y cuando todo el infierno parece rodearlo, puede ser verdaderamente diestro, experto en el campo de batalla, para enfrentar al enemigo y justo en ese momento, en ese territorio es que podemos aseverar:
Tú, el que da victoria a los reyes, el que rescata de maligna espada a David su siervo.
Rescátame y líbrame de la mano de los hombres extraños, cuya boca habla vanidad y cuya diestra es diestra de mentira.
Así como el Señor entrenó, desarrolló y le dió la victoria a David, así mismo hará hoy con nosotros. Estamos en el campo de batalla, pero, el Dios Todopoderoso, Dios de guerra nos dará la victoria.
Oremos
Mi Dios, en el campo de batalla donde me encuentro hoy, sigue adiestrando mis manos y mis dedos, disipa las tinieblas y turba al que contra mí se enfrenta. Rescátame y líbrame de la mano del enemigo. En el poderoso nombre de Jesucristo. Amén.
Pregúntate
1. ¿En dónde soy adiestrado para la batalla?
2. ¿Qué ha prometido el Señor cuando peleo mis batallas?










