En la segunda entrega de nuestra serie sobre el Canon Doctrinal de las Asambleas de Dios, exploramos la doctrina del Único Dios verdadero, manifestado en tres personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Aprendimos que aunque los términos «trinidad» y «personas» no se encuentran explícitamente en la Biblia, son conceptos que armonizan con las enseñanzas bíblicas sobre la naturaleza de Dios. Descubrimos la distinción y relación en la Deidad, así como la unidad perfecta entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
En esta tercera entrega de nuestro estudio sobre el Canon Doctrinal de las Asambleas de Dios, continuaremos explorando la Deidad del Señor Jesucristo y su encarnación sobrenatural. En esta sección, examinaremos varios aspectos importantes relacionados con la naturaleza divina y humana de Jesús, así como su papel como el Hijo eterno de Dios.
f. El Señor Jesucristo, Dios con nosotros
El Señor Jesucristo, en lo que respecta a su naturaleza divina y eterna, es el verdadero y unigénito Hijo del Padre, pero en lo que respecta a su naturaleza humana, es el verdadero Hijo del Hombre. Por lo tanto, se le reconoce como Dios y hombre; quien, por ser Dios y hombre, es «Emanuel», Dios con nosotros (Mateo 1:23; 1 Juan 4:2, 10,14; Apocalipsis 1:13,17). El título «Dios con nosotros» revela la maravillosa unión de la divinidad y la humanidad en la persona de Jesucristo. Es a través de esta unión que Jesús pudo cumplir su misión redentora y revelar plenamente el carácter y el amor de Dios hacia la humanidad.
g. El título Hijo de Dios
Siendo que el nombre Emanuel abarca lo divino y lo humano, en una sola persona, nuestro Señor Jesucristo, el título Hijo de Dios describe su debida deidad, y el título Hijo del Hombre, su debida humanidad. De manera que el título Hijo de Dios pertenece al orden de la eternidad, y el título Hijo del Hombre al orden del tiempo (Mateo 1:21-23; 2 Juan 3; 1 Juan 3:8; Hebreos 7:3; 1:1-13). Jesús es el Hijo eterno de Dios, coexistente con el Padre desde la eternidad. El título Hijo de Dios revela su relación única y especial con el Padre, su igualdad con Dios y su participación en la divinidad misma.
h. Trasgresión de la doctrina de Cristo
Por tanto, es una trasgresión de la doctrina de Cristo decir que el Señor Jesús derivó el título de Hijo de Dios solo del hecho de la encarnación, o por su relación con la economía de la redención. De modo que negar que el Padre es un Padre verdadero y eterno y que el Hijo es un Hijo verdadero y eterno, es negar la distinción y relación en el Ser de Dios; una negación del Padre y del Hijo; y una substitución de la verdad de que Jesucristo fue hecho carne (2 Juan 9; Juan 1:1, 2, 14, 18, 29,49; 1 Juan 2:22,23; 4:1-5; Hebreos 12:2). Es esencial reconocer que Jesucristo es el Hijo eterno de Dios y que su encarnación no disminuye su divinidad. Negar esta verdad fundamental es distorsionar la esencia misma de la relación entre el Padre y el Hijo y la obra redentora de Jesús en la tierra.
i. Exaltación de Jesucristo como Señor
El Hijo de Dios, nuestro Señor Jesucristo, después de limpiarnos del pecado con su sangre, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas, sujetándose a los ángeles, principados y potestades. Después de ser hecho Señor y Cristo, envió al Espíritu Santo para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla y confiese que Jesucristo es el Señor para la gloria de Dios, el Padre hasta el fin, cuando el Hijo se sujete al Padre para que Dios sea todos en todo (Hebreos 1:3; 1 Pedro 3:22; Hechos 2:32-36; Romanos 14:11; 1 Corintios 15:24-28). La exaltación de Jesucristo como Señor es la culminación de su obra redentora. Él es elevado a una posición de supremacía y autoridad, y se le confiere el nombre que está sobre todo nombre. Como Señor, Jesús gobierna y reina sobre todo, y su poder y gloria son reconocidos por todas las criaturas en los cielos y en la tierra.

Doctrina 3: La Deidad del Señor Jesucristo y su encarnación sobrenatural
El Señor Jesucristo es el eterno Hijo de Dios. La Biblia declara:
a. Su nacimiento virginal
El Señor Jesucristo, en su naturaleza divina y eterna, es el verdadero y unigénito Hijo del Padre. Sin embargo, en su naturaleza humana, es el verdadero Hijo del Hombre. Su nacimiento virginal es un testimonio de su sobrenaturalidad y divinidad. Mateo 1:23 nos revela que una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y su nombre será Emanuel, que significa «Dios con nosotros». Lucas 1:31,35 también registra que María concebirá en su vientre por obra del Espíritu Santo, y el niño que nacerá será llamado Hijo de Dios. Este nacimiento milagroso revela la intervención divina en la encarnación de Jesús.
b. Su vida sin pecado
La vida de Jesucristo en la tierra fue perfecta y sin mancha. Hebreos 7:26 nos enseña que Jesús es un sumo sacerdote santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores y exaltado por encima de los cielos. 1 Pedro 2:22 también afirma que en Jesús no se encontró pecado ni engaño alguno. Su vida impecable es evidencia de su naturaleza divina y su perfección moral. Jesús vivió en obediencia total a la voluntad del Padre y nos mostró un ejemplo perfecto de cómo debemos vivir.
c. Sus milagros
Los milagros realizados por Jesucristo son testimonio de su poder y divinidad. Hechos 2:22 declara que Jesús fue aprobado por Dios mediante señales, prodigios y maravillas que realizó en medio del pueblo. Jesús sanó a los enfermos, expulsó demonios, multiplicó los panes y los peces, calmó la tormenta y realizó muchos otros actos sobrenaturales. Estos milagros demostraron su autoridad sobre la naturaleza y revelaron su poder divino como el Hijo de Dios. A través de ellos, Jesús manifestó su compasión y amor hacia los necesitados, revelando así su naturaleza divina y su misión de traer salvación y liberación a la humanidad.
d. Su obra vicaria en la cruz
La obra vicaria de Jesucristo en la cruz es fundamental para nuestra salvación. 1 Corintios 15:3 nos dice que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras. Jesús, el Hijo de Dios, se ofreció a sí mismo como sacrificio en nuestro lugar para pagar el precio de nuestros pecados. En la cruz, Jesús llevó sobre sí mismo el castigo que nosotros merecíamos, reconciliándonos con Dios y abriendo el camino para que recibamos el perdón y la vida eterna. Su muerte vicaria es un acto de amor incomparable y un testimonio poderoso de su divinidad y su entrega por nosotros.
e. Su resurrección corporal de entre los muertos
La resurrección de Jesús es un evento central en la fe cristiana. Jesús no solo murió en la cruz, sino que también resucitó de entre los muertos. Mateo 28:6 registra las palabras de un ángel que declaró: «No está aquí, pues ha resucitado, como dijo. Venid, ved el lugar donde fue puesto el Señor». Lucas 24:39 enfatiza la realidad de su resurrección al decir: «Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy; palpad, y ved; porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo». La resurrección corporal de Jesús confirma su poder sobre la muerte y su naturaleza divina. Es la prueba definitiva de su victoria sobre el pecado y la muerte, y la promesa de nuestra propia resurrección y vida eterna en Él.
f. Su exaltación a la diestra de Dios
Después de su resurrección, Jesús fue exaltado a la diestra de Dios en las alturas. Hechos 1:9 registra el momento en que Jesús ascendió al cielo: «Y habiendo dicho estas cosas, viéndolo ellos, fue alzado, y le recibió una nube que le ocultó de sus ojos». Esta exaltación a la diestra de Dios revela la posición suprema de Jesús como Señor y su reinado sobre todas las cosas. Hechos 2:33 nos enseña que Jesús fue exaltado por la diestra de Dios y recibió del Padre la promesa del Espíritu Santo, quien derramó sobre los creyentes en el día de Pentecostés. Filipenses 2:9-11 declara que Dios le exaltó hasta lo sumo y le dio un nombre que está sobre todo nombre, para que en su nombre se doble toda rodilla y se confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre. La exaltación de Jesús muestra su poder y autoridad como el Hijo de Dios y el cumplimiento de su propósito redentor.







