“Exhorta asimismo a los jóvenes a que sean prudentes; Presentándote tú en todo como ejemplo de buenas obras; en la enseñanza mostrando integridad, seriedad, Palabra sana e irreprochable, de modo que el adversario se avergüence, y no tenga nada malo que decir de vosotros”.
Tito 2:6-8
Objetivo del Tema
Que el discípulo comprenda lo esencial que es, que sus palabras concuerden con lo que hace ya que su vida es una carta abierta a sus seguidores y al mundo. Y su vida puede ser una causa para glorificar el nombre de Dios o para blasfemar el nombre de Dios.
La integridad es un elemento fundamental a estudiar en el módulo de la excelencia, en el tema 1 referimos que “Dios hizo la creación con un patrón de su propio carácter” por eso el resultado no podía ser menos que ¡EXCELENTE! .Podemos decir que la excelencia es una combinación entre la habilidad y la integridad pero si debes quedarte sin alguno de ellos, quédate sin la habilidad.
Luego de encuestar a miles de personas en todo el mundo se identificaron las características más deseadas de un líder y la honestidad o la integridad fueron identificadas más veces que cualquier otro rasgo. Tiene sentido, si las personas seguirán a alguien, quieren tener la seguridad de que su líder sea confiable, quieren saber que esa persona mantendrá sus promesas y cumplirá sus compromisos.
Las promesas y los compromisos son significativos, aunque en nuestros días parezcan ser opcionales. A menudo parecemos más preocupados por la convivencia y el rendimiento, sin embargo la biblia aclara lo importante que son los pactos a través de la escritura, Dios se centra en el hecho que Él es un Dios que hace y mantiene sus pactos, que podemos confiar en Él, la integridad bíblica no es solo cuestión de hacer lo correcto, es cuestión de tener el corazón correcto y permitir a la persona en nuestro interior, que armonice con la persona en el exterior, así es Dios así es como debemos ser.
La gente nos decepciona una y otra vez porque hay una discrepancia entre lo que proclaman vivir y la forma en que realmente viven, pero cuando acudimos al carácter de Dios, nos damos cuenta de que Él es inmutable, porque es imposible para Dios mentir, cuando Dios hace una promesa puedes confiar ciegamente en sus palabras.
Dios es integridad. Y no es que solo actúe con integridad. La integridad es su carácter.
La Perfección
En esta vida jamás lograremos la perfección. Sin embargo, deberíamos seguir avanzando hacia la meta para ganar el premio que Dios ofrece mediante su llamado en Cristo Jesús (Filipenses 3: 14). Jamás lo lograremos de este lado de la eternidad, pero debería de haber progresos visibles, evidentes para otras personas. Note las dos cosas que Pablo con énfasis le recomendó a Timoteo que observara: su vida y su doctrina. En otras palabras, Pablo le estaba diciendo a Timoteo: «Presta atención y cuidado a tu comportamiento y a tus creencias. Asegúrate de que combinen. Examínate a ti mismo todo el tiempo, para asegurarte de que tu hablar combine con tu caminar». 1 Tim. 4:15-16
Eso no significa que ninguno de nosotros será libre de pecado en esta vida. En realidad, el Nuevo Testamento no clama por líderes perfectos; clama por aquellos que son modelos de progreso en su fe. ¿Entonces por qué en el Sermón del Monte llamó Jesús a sus seguidores diciendo: «Por tanto, sean perfectos, así como su Padre celestial es perfecto» (S. Mateo 5:48)? Es claro que en esta existencia física no podemos aspirar a no tener pecados (ver 1 Juan 1:8).
Lo que Jesús nos está pidiendo es el proceso de perfeccionarnos, y no el de completar nuestra perfección (de este lado de la eternidad). Es la obra de santificación del Espíritu Santo de Dios en la vida del líder creyente lo que da lugar al proceso por el que vamos perfeccionándonos.
Continuaremos tropezando, cayéndonos de muchas maneras, pero nuestro deseo debería ser el de cooperar con Dios para ver un progreso hacia la integración de nuestras palabras y nuestras prácticas. Porque solo el proceso de perfección de Dios (el verdadero y perfecto líder) obrando en nosotros puede lograr cualquier progreso.
Secretos y cosas pequeñas
La mejor manera de discernir si estamos o no progresando es preguntándonos: «¿Cómo vivo cuando nadie me está mirando?» Es fácil verse como una persona íntegra cuando la gente nos está mirando, pero ¿vivimos nuestras vidas privadas con el mismo nivel de consistencia con el que vivimos nuestras vidas públicas? Gran parte de nuestra vida se consume en lo que podríamos llamar «mantenimiento de imagen». Gastamos enormes cantidades de energía tratando de hacer que la gente piense de nosotros de la manera en que queremos que piensen. La conversación humana es una larga e interminable intención de convencer a otros de que somos más enérgicos, inteligentes, gentiles o exitosos de lo que creerían si no los educáramos.
Es difícil dejarse persuadir por las palabras de Jesús en Mateo 6: 1: «Cuídense de no hacer sus obras de justicia delante de la gente para llamar la atención. Si actúan así, su Padre que está en el cielo no les dará ninguna recompensa».
Es posible vivir una vida pública y otra vida privada. Eso no es ser íntegro; Debemos vivir de manera consistente tanto en público como en privado, porque nuestro Padre «ve lo que se hace en secreto» (Mateo 6:4). Siendo este el caso, ser fiel en lo secreto y en lo pequeño es muy importante. A Dios le interesa menos nuestra persona pública que nuestro carácter privado. Le importa más cómo manejamos nuestras cuentas personales que cómo administramos los libros de un gran negocio. Es en las cosas y lugares pequeños y secretos que la gracia de Dios nos cambia y forma a la imagen de su Hijo (2 Corintios 3:18).
Al final nos convertimos en lo que nuestros deseos nos convierten. Aquello en lo que nos convertimos revela lo que deseamos en verdad. Si deseamos el elogio de otros, entonces nos convertiremos en una cierta clase de persona. Pero si lo que deseamos son los elogios de Dios, entonces necesitamos hacer de la integridad una prioridad en nuestras vidas. Al sentir la sobrecogedora santidad de nuestro Creador, entenderemos cuán imperfectos somos. Pero al concentrarnos en la gracia de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, reconoceremos que a pesar de que nos podamos sentir incompletos no lo estamos, porque él nos ha hecho plenos. Su gracia es suficiente, pues su poder se perfecciona en nuestra debilidad (2 Corintios 12:9).
Cuando vivimos nuestras vidas enteras delante del rostro de Dios y practicamos una constante permanencia en su presencia, nos damos cuenta de que el no manifestar integridad es inconsistente con la dignidad y el destino al cual se nos ha llamado. Como creyentes debemos «vivir de una manera digna del llamamiento que hemos recibido» (Efesios 4: 1), porque ahora Cristo está en nosotros. Él quiere vivir su v ida a través de nosotros (Gálatas 2:20); no solo somos sus representantes (2 Corintios 5:20) sino que como miembros de su iglesia formamos, de alguna forma misteriosa, su propio cuerpo (Efesios 1:23, Colosenses 1:24).
Ahora, eso es imposible a menos que él habite en nosotros, pero dentro de esto yace la solución. En realidad, esta es la idea de la vida cristiana. El ser cristiano no es una religión; es una relación. El cristianismo no es una lista de reglas y regulaciones. En cambio, es la presencia y el poder de una persona que nos habita, que prometió que nunca nos dejará o abandonará (Hebreos 13:5).
Como hombres o mujeres caídos, nos damos cuenta de cuán des integrados estamos cuando nos encontramos cara a cara con la perfecta integridad de Dios. Y, como Isaías, esa confrontación nos fuerza a reconocer nuestra profunda necesidad personal de reconstruirnos. Isaías se dio cuenta de la profundidad de su pecado en el proceso de vislumbrar apenas la perfecta santidad de Dios, y vio las áreas en las cuales se había apartado de sus compromisos como sacerdote y profeta. Pero sus compromisos y su vida como profeta fiel nos demuestran la posibilidad de formar y vivir una vida de integridad con la ayuda de Dios.
La hipocresía de los fariseos
Si no vemos lo imperfectos que somos, caeremos en la trampa de los fariseos: la hipocresía. La hipocresía es lo contrario a la integridad. En Mateo 23, Jesús acusó varias veces a los fariseos y a los maestros de la ley de ser hipócritas. Seis veces en este capítulo usó el flagelante término «hipócritas» (vv. 13, 15, 23, 25, 27, 29). En sus orígenes, el hipócrita era el actor que se ponía una máscara para asumir una identidad falsa mientras actuaba frente al público. Esta acusación habrá ofendido sobremanera a los fariseos, que detestaban toda forma de helenización (la influencia y cultura griega), la cual incluía el teatro griego. En esencia Jesús estaba llamándolos por un nombre que identificaba aquello que detestaban.
Todo el que haya tenido la falsa idea de que Jesús era un hombre callado y simpático, encontrará que estos versículos le impactan Ay de ustedes, maestros de la ley y fariseos, hipócritas! Recorren tierra y mar para ganar un solo adepto, y cuando lo han logrado lo hacen dos veces más merecedor del infierno que ustedes… ¡Ay de ustedes, maestros de la ley y fariseos, hipócritas!, que son como sepulcros blanqueados. Por fuera lucen hermosos pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de podredumbre. Así también ustedes, por fuera dan la impresión de ser justos pero por dentro están llenos de hipocresía y de maldad…
“¡Serpientes! ¡Carnada de víboras! ¿Cómo escaparán ustedes de la condenación del infierno?” (Mateo 23:15, 2728, 33).
El lenguaje de Jesús revela la profundidad de su justa ira. Observe que cada uno de los versículos que incluyen la palabra «hipócritas» comienzan con «[Ay de ustedes!» Esta palabra, «Ay» (en griego ouai), puede contener ira, tono de advertencia, tragedia y burla al mismo tiempo. En este pasaje Jesús defenestró a los fariseos porque decían una cosa y hacían otra. No solo fallaban por su falta de integridad como potenciales seguidores de Cristo, sino que como líderes religiosos eran culpables de dar una mala imagen de Dios Padre.
¡ES TU RESPONSABILIDAD COMO LIDER DE DAR UNA BUENA IMAGEN DE DIOS Y que esta imagen corresponda con tu ser interior!
Reflexionemos
La Biblia enseña una ética elevada y santa. Si afirmamos ser cristianos y vivir según los estándares de la Biblia, estamos efectuando una declaración de ética. Nos estamos comprometiendo con determinada moral. Para que tengamos integridad, por lo tanto, tenemos que vivir según la ética bíblica. Jesús deja bien en claro y de manera inequívoca que la peor decisión es la de ser hipócritas. Es un asunto serio. Cuando encontramos que nuestro andar no está de acuerdo con nuestro hablar, la pregunta esencial de Jesús debe resonar en nuestros corazones: «¿Por qué me llaman ustedes «Señor, Señor», y no hacen lo que les digo?» (Lucas 6:46).
Si imaginamos los ojos de Jesucristo, Señor del universo, en el momento en que formula esta pregunta, debemos sentir al menos un poco de temor.







