Tema 4: El Fruto del Espíritu

Tema 4: El fruto del Espíritu

«Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe,  mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley».

Gálatas 5:22-23

Objetivo del Tema

Que el discípulo reconozca la obra del Espíritu Santo en su vida y quiera mantenerse conectado a la vid verdadera.


El Espíritu es Santo, pues trabaja para que aquellos en los que vive desarrollen el carácter de Cristo. Las cualidades de ese carácter se conocen como el fruto del Espíritu.

La enseñanza sobre el fruto del Espíritu aparece en un pasaje en el que se está hablando de la guerra que hay en nosotros entre la vieja y la nueva naturaleza.

Un cristiano es aquel que tiene a Cristo viviendo dentro de él. Una de las expresiones que Pablo usa para expresar esta idea es «Cristo en vosotros». En su carta a los Gálatas, Pablo se presenta como una comadrona que, está experimentando los dolores de parto en lugar de los gálatas, que están pasando por el proceso de nacimiento. «Hijitos míos, por quienes de nuevo sufro dolores de parto hasta que Cristo sea formado en vosotros» (Gálatas 4: 19).

Cuanto más nos entreguemos a Cristo, cuanto más le entreguemos nuestra voluntad, más extenderemos el aroma de Cristo. Así os como Pablo se describió a sí mismo y a sus compañeros: “Pero gracias a Dios, que… por medio de nosotros manifiesta en todo lugar la fragancia de su conocimiento. Porque fragante aroma de Cristo somos para Dios» (2 Corintios 2:14­-15).

Entonces, ya sea usando la imagen do extender el aroma de Cristo, o la de producir el suculento fruto de Cristo, la cuestión es que tenemos que manifestar a Cristo a través de nuestra personalidad.

Gálatas 5:16­-23 nos recuerda la descripción que Jesús hizo de nuestra relación con Él en Juan 15: 1­1: nosotros debemos estar unidos a Él como las ramas a la vid. ¿Qué fruto debernos dar? Para entender la naturaleza del fruto que debemos dar hemos de fijarnos en el curioso uso en singular de la palabra fruto.

En Gálatas 5:22, lo normal sería que dijera «Los frutos del Espíritu son… Pero, Pablo escribe: «Mas el fruto del Espíritu es…”.Esto se debe a que el fruto es el carácter rnultifacético de una persona, Jesucristo. El Espíritu Santo es el Espíritu de Cristo. La imagen de la vid y las ramas describe el fruto del Espíritu como si éste fuera un racimo de uvas. El racimo está unido a la rama por un único tallo. Y cada uva del racimo es una característica de Jesús.

Vamos a considerar cada una de esas «uvas» del «racimo». Y luego veremos cómo crecen en nosotros.

Amor

Regalo irresistible.

La lista está encabezada por la cualidad más característica de Jesús, característica que también debe marcar la vida de sus seguidores Jesús dijo: «En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor los unos a los otros» (Juan 13:35). Amar a tus enemigos y perdonar a aquellos que quieren destruirte es un amor que viene de lo alto. Amar es dar lo que la persona amada necesita.

Gozo

Cobremos ánimo, ¡pues el Padre se deleita en nosotros!

 Cuando nos vemos como seres despreciables merecedores de castigo, y nos damos cuenta de que somos perdonados por el mismo que debería condenarnos, sentimos gozo. Cuando el hijo pródigo volvió a casa, lo que encontró fue el abrazo de su padre, y se convirtió en un invitado de honor. El gozo es vivir bajo el agrado del Padre. Es saber que somos la niña de sus ojos. ¿Puedes creer que el Señor nos ve como su herencia? Lo que el Señor contempla como su tesoro para toda la eternidad.

Paz

Serenidad basada en la seguridad.

 «Por tanto, habiendo sido justificados por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo» (Romanos 5: 1). Nosotros tenemos paz por medio de la acción de Dios. El Dios Santo, cuya naturaleza estaba en guerra con nuestra naturaleza pecaminosa, nos reconcilió con Él entregando a Jesús por nuestros pecados como ofrenda de paz. La palabra hebrea que traducimos por paz es Shalom. Shalom no es tanto la ausencia de guerra, sino más bien la presencia de un rey justo y benevolente. La shalom reinaba en la tierra de Israel cuando el pueblo sabía que su soberano era un hombre de carácter. Nosotros vivimos en paz porque sabemos que nuestro Soberano, con quien tenemos paz, está sentado en el trono del Universo, moviendo «todas las cosas para el bien de los que le aman, de los que son llamados conforme a su propósito» (Romanos 8:28). Eso nos da una serenidad que nace de la seguridad.

Paciencia

Todo lo sufre.

La palabra que traducimos por «paciencia» es una palabra compuesta que significa «sufrido/a» o que «todo lo sufre». Cuando el padre del hijo pródigo estaba esperando a que su hijo volviera, lo hacía con un corazón abierto. Estaba viviendo con una herida abierta, con la herida de haber sido rechazado. El padre podría haber cauterizado aquella herida deshonrando a su hijo con desprecio, pero decidió poner en práctica uno de los ingredientes de la paciencia: ser lento para la ira.

Benignidad

Firmes pero amables.

En este mundo, la benignidad o amabilidad brilla por su ausencia. Vivimos en una cultura caracterizada por la beligerancia, la intimidación y la falta de humanidad. Obtenemos lo que deseamos haciendo uso de la fuerza. El nivel de hostilidad pública ha alcanzado proporciones alarmantes. Jesús tenía las cosas bien claras. Fue firme y se airó justamente ante la institución religiosa. Sin embargo, fue tierno con los débiles y vulnerables. Una mujer fue sorprendida en el mismo acto del adulterio por la élite religiosa que quería apedrearla hasta la muerte. Jesús les dijo: «El que de vosotros esté sin pecado, sea el primero en tirarle una piedra» (Juan 8:7). Cuando todos se marcharon cabizbajos, Jesús le dijo a la mujer: «Yo tampoco te condeno. Vete; desde ahora, no peques más» (Juan 8: 11).

Bondad

Amor por la santidad y la magnanimidad de espíritu.

 el salmista dijo: «Probad y ved que el Señor es bueno» (Salmo 34:8). Una de las definiciones de bondad es «el amor por aquello que es santo». La bondad también puede significar generosidad o magnanimidad de espíritu. Vivimos en un mundo lleno de golpes, de heridas y de dolor. Para vivir esta vida necesitamos un corazón grande. Y para sobrevivir con gracia necesitamos generosidad de espíritu.

Fidelidad

Cumplir nuestras promesas.

 Dios es un Dios de pactos: los hace y los cumple. El primer pacto que Dios hizo con Abraham fue sellado de una forma tan dramática, que vemos que en la mente de Dios no cabe la posibilidad de no cumplir sus pactos. Dios le dijo que le trajera una novilla, una cabra, un carnero, y dos aves, y que los partiera por la mitad, a excepción de las aves, y pusiera cada mitad en dos altares, uno frente al otro. Entre estos dos altares estaban los símbolos de Dios en forma de un horno humeante y una antorcha de fuego. Es como si el Señor estuviera diciendo a Abraham: «Que yo también sea partido en dos como estos animales si no cumplo mi pacto de hacer de ti una gran nación» (Génesis 15). «Cuando cumplimos nuestras promesas estamos actuando como Dios actuaría». Tenemos que cumplir las promesas que hacemos. «Sea vuestro hablar: ‘Si, si’ o ‘No, no»‘ (Mateo 5:37).

Mansedumbre

Poder bajo control.

 Jesús dijo de sí mismo: «Soy manso y humilde de corazón» (Mateo 11:29). La palabra «manso» no siempre tiene connotaciones positivas. Pero Jesús dijo: “Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra» (Mateo 5:5). Se dice de Moisés que fue el hombre más manso de la Tierra. Y estamos hablando del mismo hombre que se enfrentó al gobernante de Egipto y que sacó a su pueblo del cautiverio. Ser manso no tiene nada que ver con la debilidad. Es la misma palabra que se usa para describir a un semental después de que los ganaderos han conseguido controlarlo y colocarle el freno. Mansedumbre significa someterse al poder de Dios.

Dominio Propio

Disciplinar y usar nuestras energías sabiamente.

El dominio propio implica no dejar que nuestras pasiones nos controlen, sino dirigirlas en la dirección que Dios quiere que vayan, como si fuéramos directores de una orquesta formada por unos músicos con mucha iniciativa y energía: pasiones, deseos, ira, apetito sexual, recuerdos traumáticos, etc. Cualquiera de estos «instrumentos» fuera de control podría arruinar la sinfonía. Pero el Espíritu Santo nos da el poder de evitar que las pasiones así nos destruyan. Tomemos el ejemplo de la lujuria. La lujuria nace cuando permitimos que el atractivo que sentimos por una persona se convierta en una fantasía sexual. Perdemos el control cuando dejamos que esos deseos sexuales perduren. Lutero dijo: “No podemos evitar que los pájaros revoloteen sobre nuestra cabeza. Pero otra cosa es que les invitemos a construir un nido en nuestro cabello». El dominio propio consiste en no permitir que los pájaros aniden en nuestro cabello.

¿Cómo desarrollar estas cualidades?

Podemos describir a nuestro Señor si agrupamos las cualidades del amor, el gozo, la paz, la paciencia, la benignidad, la bondad, la fidelidad, la mansedumbre y el dominio propio. Dado que el Espíritu vive en los creyentes, estas cualidades serán nuestras en la medida en la que permanezcamos en la vid. En esta era de la realización personal, de los libros de autoayuda, y del maquillaje y las dictas, podríamos caer en el error de pensar que podernos desarrollar el fruto del Espíritu haciendo uso de nuestra fuerza de voluntad y de la autodisciplina. Es cierto que podemos actuar y vivir como si tuviéramos las cualidades que creemos que hay detrás del amor, del gozo, de la paz, pero eso no será más que un fruto artificial.

Reflexionemos

 Creer que podemos dar fruto por nuestros propios esfuerzos es no haber entendido que la vida cristiana es una guerra. Nuestra vieja naturaleza, aunque ha sido vencida, aún no está muerta, y lucha como puede contra la nueva naturaleza del Espíritu. Un estudiante universitario que se acababa de convertir no tardó en descubrir que dentro de si había dos fuerzas que luchaban por la supremacía, lucha que antes no existía. El estudiante, al describir lo que sentía, dijo así: “Es como si dentro de mí hubiera un perro callejero y un perro de raza luchando sin cesar». Cuando le preguntaron cuál era el perro que iba ganando, el estudiante, después de pensar un momento, dijo: «Supongo que el perro que más alimento”. Con nuestras propias fuerzas no podemos enfrentarnos a nuestra naturaleza pecaminosa. Lo que debemos hacer es someter nuestra voluntad al Espíritu. Alimentar al perro de raza es entregar a Dios el control de nuestras vidas. Tenemos que entender que sin Cristo no podemos hacer nada.

Oremos juntos

Gracias, Señor, por obrar en mí, por transformándome para que pueda reflejar tu imagen, aun cuando yo no me estoy dando cuenta. Amén.

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